lunes 26 de febrero de 2007

Y cuando ya había terminado todo... TROCHA

El fin de semana la palabra fué: TROCHA.
Una amiga regresaba del exterior y unas amigas me contactaron para bajar a Maiquetía a darle la sorpresa y recibirla. Fué nada la tardanza hasta llegar unos 2 km antes de entrar a la trocha. Lo mismo de regreso. No fué la pesadilla acostumbrada. Al contrario, nos dió más tiempo de conversar luego del tiempo que había mos pasado sin ver a nuestra amiga. Al día siguiente me toco bajar de nuevo, puesto que una tía se iba para Argentina. Como teníamos que esperar hasta las 6 para que pasara chequear, pasamos hasta Macuto. La vía no estaba muy buena. Pero peor era el estado en que se encontraba todo el entorno. Uno se pregunta dónde está la inversión, porque en términos venezolanos, la cosa parecía un chiquero. Tierra, basura. Pero sobretodo la poca llamatividad presente, atrajo mi atención (lo cual es paradójico, ¿no?) Tantas estructuras desaprovechadas de un lado de la calle, para encontrar otras estructuras de las cuales considero mejor omitir nombres, pero que están en muy buena condición, por el exceso de dinero que se invierte. La Guaira no es lo que era. Es más de lo mismo, aquello de lo cual hablo. Terrazas de arena de la que lastima. Y en Macuto nos dió por comer y nos metimos en un restaurante. No había nada de lo que pedía, y como realmente quería camarones, la marea roja terminó por convencerme de pedir pollo a la plancha (que estaba muy bueno) y desentonar con el resto de los comensales. Fuimos al aeropuerto y dejamos a la tía. Y de regreso uno se olvidó delo que venía... TROCHA... ¡¡¡¡¡Dioooooooos!!!!!!

domingo 18 de febrero de 2007

¿Cara de qué?

Endeudarse hoy en día, es el pecado por el cual nos cobrarán en el mañana. Todo el mundo compra carros y casa, producto de una apertura bestial, a aceptar meterse en camisa, no de once varas, sino de licra (se expande, pero ruega a Dios que no se moje...)

La cosa viene del día de ayer. Me salió un viajecito ida por vuelta para Higuerote. La gripe que cargaba era la excusa final para salir del letargo y el encierro tan calcinante. ¡Casi un año sin playa! ¡Noo papa!
En fin, salí mas tarde de lo que esperaba y llegue a eso de las 7:40 am, a buscar a la tropa (eramos la excelsa suma de 3 en el carro) y haciendo una parada en el cajero y otra en una bomba de gasolina, apenas tardamos entre media hora y 40 minutos, en llegar hasta donde el tráfico dió permiso.


La cola era deprimente y sin sentido, y pasamos un rato largo. Como usualmente la gente se hostina de mis selecciones musicales (entiendase que soy fanático acérrimo de los años 80) decicí darles la libertad por ese día. Tan solo había una cinta de Soda Stereo y una de música variada que se quedó en el carro, no se por qué. Craso error. La radio se tornó repetitiva por un rato y había poca "señal" como para captar muchas emisoras. Y fué motivo de risa, el recordarnos todos que habíamos dejado nuestros respectivos reproductores de mp3. Pero con chicas tan agradables, las casi dos horas, se pasaron como cierra el vagón el metro cuando uno va llegando a la puerta. Cabe mencionar tambien el ver un transporte de maniquíes, que dió motivo a las carcajadas.


Cuando salimos de ese tramo, la via estaba bastante buena. Higuerote no es como me lo habían vendido todos estos años en que mi memoria no podia recrearlo. Claro que de eso me di cuenta al regreso. Como buen citadino que nunca se aventura, tomé una vía alterna para llegar a Puerto Francés, luego de hacer una visita accidental a Curiepe. Realmente disfruto de esas perdidas, sobretodo despues de que salgo a la vía principal. La cosa qes que este atajo, particularmete estaba asfaltado, pero no aplanado. Era asfalto en polvo, grava, piedras. Y mi montura no es rim 13, así que es imaginable mi dolor y tortura, sin dejar de mencionar la indignación de ver como los demás conductores pasaban por el lado.
Bueno, llegamos a nuestro destino, Los Totumos, y la pasamos muy bien. Estuvimos un rato, a punta de sol, arena y agua, y buena conversa. Y por supuesto besamos al carro. Es la primera vez que lo llevo muy lejos de Caracas.

Cuando decidimos regresarnos, la vía que tomamos era la principal, la cual ya comenté que deja ver el estado en que se encuentra Higuerote, el cual me complace. Ya llegando a la salida, optamos por llenar el tanque de gasolina y nos detuvimos. Un señor ofreció limpiar el vidrio, y le dimos luz verde. El bombero escuchó las tradicionales -Full de noventa y cinco, por favor- y procedió también. Y mientras esperábamos, se acercó un individuo de vestidura metrosexual (ojo que no es una crítica) y ofreció una tarjeta dorada, de estas que se ofrcen en los centros comerciales, para que el público gaste y obtenga descuentos en los mismos. Ya me ha sucedido esta clase de encuentros, pero por cortesía dejé que el amigo hablara e hiciera su oferta. y como era de esperarse, había una condición: tener tarjeta de crédito. Casi que a coro le dijimos -no vale. Nada que ver- Y por primera vez que recuerde o haya escuchado tal epíteto, el amigo dijo algo como:
- ¡No vale! ¿Cómo va a ser? ¿Con esa cara de Visa que ustedes tienen?-
Lo siguente fué un ataque de risa. Cada quien se fue a lo suyo. En mi caso ...de vuelta a Caracas.

jueves 15 de febrero de 2007

Incongruencia vial

Vivir cerca de La Cascada, trabajar en Las Mercedes, tener horario de 7 am en adelante, prender el carro a las 6 am. y bajar por La Panamericana

miércoles 6 de diciembre de 2006

Cómo comenzó todo

Hasta al menos los 18 años de edad, mi experiencia automotriz, por llamarla de alguna manera, salvo contadas ocasiones, se limitaba sobretodo al papel de pasajero. Sabía una que otra cosa de mecánica, uno u otro dato sobre el sistema electrico y por supuesto cambiar un caucho. Mentiría si deijese que antes de esa edad sabía realmente cómo era el asunto. Y tambien mentiría si negara que no deseaba tener la carroza de metal. Pero en la niñez y la adolescencía, ¿Qué chamo no desea una máquina para ir de un lado a otro, pavear, cargar el perolero, y mientras ecuchar a todo volumen la música de su preferencia? No era imprescindible tener el carro, pero no caía mal resolver aquel asunto. Aun así, por cuestiones que no comentaré (al menos no ahora), no tuve luz verde para participar del trafico automotor hasta la edad que mencione. Incluso me conformé con el hecho de contemplar unos 2 meses, la nave estacionada en el garage, y al menos uno más, luego de que la espera rindiese frutos y a su tiempo me fueron dadas las llaves hacia otro mundo, que en la teoría se puede recorrer a más de 5 kilómetros por hora.
El asunto pintaba bién el primer día de clases de manejo. Un fabuloso Malibú (creo que era un Malibú) blanco, propiedad de la instructora, fué a todas estas, el carro en que me tocaría aprender a moverme en el mundo. Ya antes había yo intentado cambiar de rol, bajo tutela del abuelo, la tía o el primo. Lástima que la disponibilidad de el primero y el último, así como la paciencia de la segunda, no eran constantes. El caso es que mi primer día de prácticas, pese a mis predicciones, resultó muy bueno, puesto que frené menos veces de lo que esperaba. Incluso el segundo no estuvo tan mal. Pero en el tercer día sucedió que se le antojó a la casualidad (o a los pelones de planificación) que al organismo encargado de la vialidad de el area escogida para la práctica del volante, tenía que "instalar" un elevado, porque en aquel momento era insufrible el tráfico para llegar desde la cápital, y sobretodo para transitar internamente. Y ya se imaginará quién lee, y más aun si es de los altos mirandinos, el colón que me toco calarme el 3er día de manejo. Mi primera cola de manejo. Y para colmo, al día siguiente, y tambien el que a este siguó, fué imposible llegar al curso, y si llegaba, era imposible avanzar en media hora quinientos metros. Por fortuna mi progenitora en una onda chispeante resolvió decir - ¡Montate en el carro!-, y a la semana ya para la panamericana y todo. Lo único terrible fué la autopista la primera vez que allí me desenvuelvo, por el caudal de vehículos que psaban de 80km/h, a los cuales fuí poco a poco perdiendo miedo.
Irónicamente, lo que viene al caso es que mi aprendizaje comenzó en un ambiente de COLA. Y para aquel momento yo era una persona paciente. Música y aire acondicionado era mi única necesidad para soportar horas de tráfico, gandolas que pasaban con velocidad demencial, peatones de esos que no son tan concientes, y uno que otro motorizado, así rumildos que salían a pasear a la esquina con madres de carros que abarcaba canal y medio. Hasta que comenzaron las horas interminables, las llegadas tarde al trabajo y el azar antagonista de comerse la flecha y salir a la autopista por donde no se debe, en donde nuca hubo fiscal hasta ese día. Hasta le dí la razón cuando me puso la multa.
Hoy es otra cosa. Pienso en lo comentado lineas atras, y realmente no pensé en aquella época para nada lejana, en cómo sería hoy en día, donde día a día el tráfico automotor es determinante en nuestras vidas, al punto que el más mínimo cambio, genera en la vida de muchos tales pérdidas o ganancias, que solo son explicables por la retórica de la suerte. En tres platos, nuestros día a veces dependen del bendito tráfico, que dependiendo el cómo esté, o resolvemos en el mejor caso la mitad de asuntos que queremos, como suele ser la vida, o perdemos horas y ganamos venas en la frente, gracias al colón a causa de cada cuestión...
Como estoy yo, se que están muchos. El transito es todo un mundo. Y de tanto vivir en el, surgieron dos razones (entre otras) que me llevan a crear este blog. Una, retratar lo complejo de este mundo de las colas, el cual es de algun modo impresionante; la otra sería buscar una salida piadosa al mar de furias que se debaten en los que andamos por estos rumbos, plagados de situaciones que parecen de cuentos fantásticos en ocasiones, pero son una realidad del ámbito urbano y suburbano, producto del modo en que vivimos, y a la vez tan modeladores de nuestro que hacer diario.